Entra en cualquier cafetería y cuenta los carteles que piden algo. Una app de fidelidad aquí, una clave de wifi allá, una pegatina de reseñas despegándose de la puerta. Todos tienen algo en común: nadie los toca.
Ahora mira lo que la gente sí toca. El objeto con el logo del propio negocio. Lo que está justo al lado del datáfono, donde el cliente pasa ocho segundos esperando el pitido.
Ese es todo el truco, en tres partes:
- Ponlo donde la gente espera. El mostrador gana a la puerta, siempre.
- Pide una sola cosa. «Escanea y déjanos una reseña» funciona. Cinco opciones, no.
- Hazlo tuyo. Tu logo, tus palabras, tus colores. Un objeto personal se lee como una invitación; un cartel genérico, como un mueble.
Cada soporte que imprimimos lleva su propio contador: ves los escaneos tú mismo, sin fiarte de nuestra palabra. Los negocios que siguen estas tres reglas lo ven moverse cada semana.